“He dibujado como una loca para que, cuando ya no me queden ojos,
pueda mirar con la punta de mis dedos”
Suzanne Valadon
se escurre calle abajo entre bruma y absenta.
Cerca del cabaret baila la luna
y suenan vejaciones,
aullidos de un piano brillante y somnoliento.
Y ella,
peinada y maquillada para otros
mira hacia dentro,
amarra sus recuerdos,
atesora su yo antes de desvestirse.
Espera
y la inmortalidad se abre camino.
La mujer de las medias blancas.
Retrato de una musa que mira con los dedos.
Frescura desatada en esos años locos,
bella, sangrante y silenciosa.
Y ese ramo de rosas por el suelo
es tan solo el pecunio de otra noche
a punto de soñar.
París bien vale un poema.
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