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lunes, 10 de noviembre de 2014

Abuela

Así la recuerdo,
pelo azul, de algodón dulce
piel de seda en las manos
con arruguitas pequeñas.
Dos dientes de oro,
vestido negro.
Cada primavera,
le nacían flores en la espalda.
No sabía leer.
¡Qué ricas sus rosquillas de anís y sus freixuelos!.
En su cocina de carbón y su fresquera
escondía armas de guerra contra el hambre
en ese Madrid en blanco y negro,
lejos de su verde Asturias,
dónde nació sin madre.
Algún día fue alegre, dicen.
Rezaba de rodillas 
cerca de un pesebre polvoriento
y nevaba en su salón algunas tardes.
Se le murió una hija que besaba
a su padre ausente en las paredes.
Ni la herradura detrás de su puerta
le libró de sufrir toda su vida.
Guardaba jabones con forma de rosa,
en un aparador con luna nueva.
Encontró el amor de su vida hasta su muerte.
Heredé sus pinzas para el pelo
y un abrigo marrón.
Ahora ya no me hacen falta,
hace calor casi siempre y me corté la melena.
Hay días que me la encuentro en una nube,
reflejada en los ojos de mi madre.




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